Nimitur in vetitum. ??? o_O

Bastante tiempo ha pasado desde que no me permitía leer y hoy me brinde ese espacio.

Les comparto las líneas que más me pudieron.

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Todo el que sepa respirar la atmósfera envolvente de mí obra sabe que es la atmósfera de las alturas, allí donde el aire es más puro y más fuerte. Sin embargo, hay que estar constituido de un modo especial para poder respirar en esta atmósfera.

Reina el hielo en torno suyo; la soledad es enorme. ¡Pero ved qué inmensa quietud en el reposo de todo, dentro de la luz! ¡ Ved cómo el pecho respira ampliamente y cómo son de insignificantes todas las cosas humanas debajo de nosotros!

El grado de verdad que sostiene un espíritu, la dosis de verdad a que puede osar un espíritu, son los que me han servido para encontrar la medida exacta de su valor.

El error – es decir, la fe en el ideal – no es ceguedad. El error es la cobardía.

Toda conquista, todo paso hacia delante en el dominio del “conocimiento”, tuvo por origen el valor, la auto crueldad implacable, la limpieza de sí mismo.

Por lo tanto, yo no refuto ningún ideal. Me conformo con ponerme los guantes delante de él.

Nimitur in vetitum.

Como de una luminosa amplitud de felicidad, la palabra cae serena, gota a gota, con un lento ademán.

El hombre ansioso del “conocimiento”, no debe limitarse a saber amar a sus enemigos; debe odiar también a sus amigos.

La verdadera gratitud al maestro no se siente sino hasta que dejamos de ser sus discípulos.

Reacciona lentamente, con una lentitud hija de la circunspección y del orgullo preconcebido. Nunca marcha en busca de las seducciones; se limita a examinarlas. No cree en “la mala suerte” ni en las “faltas”. Si es preciso destruye a los demás, incluso a sí mismo, y llega hasta el olvido. Tiene la suficiente fortaleza para que todo – inevitablemente – se cambie en favorable para él.

Aquí, en esto es donde se manifiesta el verdadero dominio de sí, donde hay que conservar la altura de nuestro empeño, puro y limpio de todas las bajezas, más bajas y más ruines porque proceden de eso que se llama “desinterés”.

Me he conformado respondiendo  a la estupidez con la malicia. Valiéndome de una imagen casi poética, dire que procuré deshacerme de lo agrio con una caja de bombones.

Conmigo no hay medio de “arreglarse”. Tarde o temprano me desquito; temprano o tarde encuentro ocasión de demostrar mi gratitud a un “malhechor”, o de pedirle algo, lo cual en muchos casos obliga más que recibir.

También creo que las palabras más impertinentes, la carta de mayor insolencia, son siempre más politicas, más honradas que el silencio. Los que se callan, carecen de cortesía, de espiritualidad. El silencio es una objeción. Tragarse el despecho es una prueba de mal carácter, un ataque al estómago. Todos los que se calla sin dispépsicos.

Por lo tanto, mi deseo es que no se menosprecie  la impertinencia. La impertinencia costituye la forma más humana de la contradicción y una de nuestras primeras virtudes frente a la excesiva debilidad moderna. Incluso podría constituir una verdadera felicidad para el que tuviese las suficientes riquezas para ser impertinente.

Nada consume tanto y tan pronto como el rencor, el despecho, la susceptibilidad enfermiza, la impotencia para vengarse, la envidia, el odio insaciable, son verdaderos, terribles venenos, y para el ser agotado constituyen unos peligrosos reactivos.

… el rencor nacido de una flaqueza, no es perjudicial más que a los débiles. Tratándose de un temperamento abundante, no resulta más que un sentimiento superfluo, al que se debe dominar para valerse de su fuerza.

… La primera condición para que un duelo sea leal, es ésta de la igualdad.

“¿  Qué me ha sucedido? ¿Cómo me he visto libre del asco? ¿Quién ha rejuvenecido mi vista? ¿Cómo he volado hasta las alturas donde no hay canalla sentada en la fuente?

… ” Hay que aprender a acercase a ti con más modestia. Tal vez mi corazón afluya con demasiada violencia a tu encuentro.

Me molestaría abandonar un hecho por temor al desenlace, a las consecuencias. Cuando un asunto cualquiera termina mal, es que se ha carecido de buena mirada. Los remordimiento son hijos de esto, de una mala mirada.

Considerar, honrar un fracaso, precisamente por eso: por tal fracaso, es lo que más se acuerda con mi moral.

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